
Cuando estás ahí, en las últimas páginas, y sabes que el libro se acaba, entras en una paradoja. Sabes que tienes que leer lento para que no se termine. Pero no hay caso. No puedes dejar de devorarte esos párrafos finales donde los personajes que has seguido por días o meses, resuelven sus conflictos y simplemente se van. Sin despedirse, sin decirte nada. Simplemente se alejan.
Y tras ese último punto aparte, que da paso a la página en blanco del final, te sientes en un vacío. Un extraño sentimiento de soledad, de quedarte si esos nuevos amigos que hiciste. Te quedas mirando el libro, releyendo la última frase, rearmando en tu mente la historia completa para comprender lo que no alcanzó a tomar sentido.
Luego, piensas en ella. En la protagonista de la que, por supuesto, te enamoraste. A la que le armaste una vida entera en base a las pistas que te dio el escritor. Incluso tienes la osadía de imaginar su futuro postnovela.
En la siguiente fase intentas recordar aquellos pasajes que quisiste rescatar del libro y que nunca anotaste. Con el dedo buscas hábilmente entre las páginas probablemente sin resultados. Después de un rato desistes.
Ahora quieres comentar el libro. Corroborar si lo que tú entendiste era cierto o hay otra lectura. Buscar en otro la misma emoción que tienes tú, o simplemente alabar al escritor. Lamentablemente te das cuenta de lo evidente: leer es un proceso personal.
No es como el cine o el teatro en que el proceso personal lo puedes compartir con otro de inmediato. Incluso con una mirada cómplice. O un simple aplauso.
Pero con un libro es distinto. Te deja sólo. Pensando. En un estado de calma, casi sagrado que ningún timbre, ningún teléfono y ningún grito debiera nunca interrumpir.
Y después de algunos días, cuando logras encontrar a alguien que también lo leyó, te desilusionas porque esa persona ya no está prendada del libro y no comparte contigo la vibración que aún te produce. Quizás ya lee otro o lo terminó hace 20 años. O peor, le cargó.
Tras todos los procesos, poco a poco vas volviendo a la realidad. Es como despertar de una siesta larga. Te das cuenta de ti mismo, de que tienes un poco de hambre, quizás ganas de ir al baño. Tu mente comienza a dejar la historia atrás y se va metiendo paulatinamente en tu propia rutina. Y, casi sin darte cuenta, prendiste la tele y el libro pasó a ser parte de tu historial literario. Uno más de tantos.
lunes, 21 de septiembre de 2009
El libro cuando muere
Publicadas por
Cristóbal Donoso
a las
11:22:00 p.m.
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3 comentarios:
Algo de esa resaca literaria me ha pasado con ciertos libros, con la diferencia que en el día a día puedo reproducir diálogos, personajes y situaciones que viví entre páginas.... Si miras bien, hay tanto de esas historias en la nuestra..... si de encantar esos momentos e imortalizarlos se trata de quedo con Kundera, prueba con el libro de los amores ridículos
Qué bien retratada la sensación. Me pasa exactamente lo mismo, esa orfandad en que uno queda, porque no sólo se van esas personas, que ya eran cercanas, sino que te alejas de un lugar, en el que ya te sentías familiar. Es como volver de un viaje y sentir nostalgia, con la diferencia que no hay fotos, ni anécdotas ni la promesa de un reencuentro....
Comparto un ejercicio.
Cada vez que tomo un libro,lo primero que hago es leer su pagina final.Fome diras tu? no,al contrario,le da algo mas a la simple lectura...asi,mientras lees la historia que se va narrando,paralelamente vas creando otra que intenta calzar con aquellas ultima pagina primeramente leidas
Es increible cerrar el libro y tener la sensacion de haber sido participe de dos historias
Saludos
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