domingo, 13 de septiembre de 2009

Camila

Ahí, en medio de la vereda abrochándose un zapato. Ahí, levemente sola. Ahí, con la mirada hacia el suelo. Ahí, atrapada en un contraluz. Ahí, sobre el cemento, sobre su vida. Ahí, sin existir, como quieta, como esperando. Ahí, cuando aún no tenía nombre. Ahí la vi por primera vez.


Era verano, quizás diciembre. Hacía calor pero el sol ya se esfumaba. Desde lejos a observaba como quien mira un cuadro. Estaba atrapado por la leve imperfección en la forma de anudar su zapato. No podía dejar de mirar su pelo rubio que brillaba con el sol del atardecer, su morral que se arrastraba por el suelo, sus dedos que afanosamente luchaban contra el cordón. El contrapunto entre su perfecta belleza y la torpeza tenue de sus movimientos quedo plasmado en un recuerdo que poco a poco se transformó en fantasía.


Ahora estoy confundido. La tengo frente a mí. Sólo atino a mirarle la boca. Se mueve como en silencio. Suelta palabras que se pierden entre las mesas del café. Mi mente esta divagando en el recuerdo de aquella tarde verano de hace dos años. Y ahora la tengo a un metro. Yo revivo ese recuerdo, esa tarde, ese instante imperfecto, que a estas alturas, más parecía una obsesión o un mandamiento estético. Ella. Ella, a medio metro, me hablaba. Me sonreía. Me miraba. Y yo no hablaba, no sonreía, no respiraba.


Su pequeña soledad, la brisa, la luz naranja de atardecer, el pelo largo, rubio, ese cierto toque de fragilidad. Fue esa imagen (casi perfecta, casi) la que marcó cada uno de mis días hasta hoy. Fue ahí cuando comprendí que la estética puede regir la existencia y que no tiene nada que ver con la simple belleza. Ahí definí que todo en la vida se tiene que componer de forma en que la armonía surja como una regla inquebrantable.


Ese mismo instante fue el inicio de un calvario. A los pocos días terminé mi pololeo de tres años. Ya no encajaba conmigo. Mis parámetros ahora eran otros. De esa forma, avanzaron los días, y de pronto el desajuste fue total. Casi sin darme cuenta, me quedé cesante, incomprendido por mis amigos y atrapado bajo la sombra omnipotente de una mujer infinitamente bella que se abrochaba un zapato sobre la vereda un atardecer de verano.


En este momento esa mujer me habla. Yo no reacciono. No sé que hacer. Hace dos minutos estaba conversando aburrido con mi hermano sobre sus nuevos negocios y de repente, me metí en una nebulosa en la que veo a mi cuñada llegar, saludar a mi hermano con un beso en la mejilla (no sé por qué) y detrás de ella, aparece la cara que acompaña mi vida desde hace dos años. Una amiga, o una compañera de trabajo dijo mi cuñada. No le entendí bien. Sin embargo está aquí, ocupando la silla metálica de enfrente. Incluso, sus rodillas, las mismas que tocaban el piso de aquella vereda de mis recuerdos, rozan mis piernas lo suficiente para cortar mi respiración.


Me habla de algo que no comprendo del todo y de pronto me mira con una sutil sonrisa y hace un gesto con sus ojos. Entendí que me había hecho una pregunta y que debía responder. No me quedo otra que reconocer mi distracción. Ella repite la pregunta. Quiere saber mi nombre. Roberto ¿y tú? En mi mente, desde el minuto en que la vi por primera vez, ella se llama Camila. No puede llamarse de otra forma. Camila es el nombre perfecto que armoniza con ese recuerdo que rige mis movimientos.


El segundo que se demoró en decir su nombre fue eterno. Mis pulmones rígidos, mi mirada atenta. Por alguna razón suspiró, tomó aire y al fin dijo Me llamo Andrea. Cada una de esas tres palabras las dijo sin mirarme, como si sintiera una culpa feroz por fallar en ese punto.


Mi desilusión fue evidente. ¿Por qué se llama Andrea? No se podía llamar Andrea. Simplemente no podía. ¿Parece que no te gusta mi nombre? Pusiste una cara, me interpela arqueando los ojos. No, si me gusta, mentí cortésmente. Pero claro, no era un asunto de que me gustara o no. Simplemente no se podía llamar así.


De la desilusión pasé a la rabia. Ella hablaba, se reía, conversaba con mi cuñada, con mi hermano y yo sólo escuchabas palabras sueltas, lejanas, como cuando te hablan y estás medio dormido. Era como escuchar una conversación de extraños. Entre las palabras que se asomaban a mis oídos llegaron los nombres de sus hijos, el modelo de su auto, como se llamaba su nana.


Era insoportablemente bella. El mismo pelo. La misma estampa. Pero no era la mujer de mis recuerdos. Simplemente ella no era ella.


De pronto en mi cabeza comenzó un motín. El morral, que raspaba contra el cemento de la vereda, se fugaba. Salía de mis ojos, atravesaba la mesa y se lo tragaba la boca de esa Andrea que debió ser Camila. De la misma forma se esfumó el pelo rubio, el cordón del zapato, la torpeza de sus dedos. Todo se fugaba de mi cabeza y yo no podía hacer nada. Nada. Se desvaneció la vereda, pastelón por pastelón. Los árboles, las casas de la calle. Se evaporó todo. Sólo quedó un extraño vacío iluminado por la luz del atardecer. La boca de Andrea se tragó todo mi recuerdo.


En la mesa siguen hablando. Mi cabeza tiene un extraño brillo naranja adentro. Es el atardecer, que de a poco se desvanece, hasta sumir mi mente en un negro profundo.


De mi ojo cae una lágrima. Después de eso, agarro firme mi vacío, me paro y me voy.

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